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Libertad

Mario Levrero, en su libro “El discurso vacío”, nos cuenta sobre el perro Pongo, que estaba en el fondo de su casa y Levrero decidió darle más libertad. Para eso, aflojó apenas un pequeño rincón del alambrado. Cuando el perro lo descubrió, tuvo que hacer un duro trabajo para abrir un agujero en el alambrado, hasta que pudo pasar todo su cuerpo y ganar finalmente la calle. El escritor utilizó este mecanismo porque para él, la verdadera libertad es la que se conquista.



Para conquistar la libertad, Pongo tuvo que trabajar en forma decidida y sostenida, y vamos a nombrar esta actitud como tenacidad. Cuando conocemos nuestros límites y vamos trabajando sobre ellos para desarrollarnos ya sea en el ámbito mental, emocional o incluso físico, ganando fuerza y flexibilidad, necesitamos mucha tenacidad para poder superarnos. Podemos volvernos más tenaces de la misma manera en la que podemos tornarnos más fuertes: con entrenamiento. Siempre es más simple empezar de lo más denso, lo más palpable, para luego ir a lo más sutil. Es más sencillo desarrollar tenacidad a nivel físico que a nivel emocional o mental. Aunque uno alimente al otro, vamos a buscar trabajarlos por separado. Cuando hacemos alguna técnica que requiere sostener la fuerza en el tiempo, podemos percibir hasta dónde mantenemos nuestra decisión de permanecer y cuándo empiezan a surgir las dudas, dispersiones, ganas de volver. Estas ganas de volver, de dejar de sostener el esfuerzo, suelen estar muy ligadas al plano emocional más que a la capacidad física. Si en ese momento reafirmamos la decisión de permanecer, vamos a fortalecer nuestro emocional para que no flaquee ante el primer momento de desafío. Las ganas de superarnos nos llevarán a fortalecer el emocional. Esta actitud que nos permite sobrepasar nuestros límites, correrlos un poquito más allá, nos permite ampliar nuestros horizontes, y como a Pongo, nos acerca un poco más a eso llamado libertad.

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